
Mi abuelo consiguió un trabajo para mi padre en la empresa donde él trabajaba, así que todos nos trasladamos a vivir a Santiago, yo había ya dejado de lado a los amigos imaginarios y empezaba a tener una relación con personas reales, algunas como la Vale se quedaron hasta hoy, y era aún la hija consentida de un joven matrimonio cuando mi mamá empezó a engordar, creo que nunca entendí bien que pasaba con su cuerpo, se le fue inflando la panza y algo se movía dentro de ella, quizás ya clamaba por salir aquella que vino a plantarse frente a la vida como sólo ella se sabe plantar, mi pajarito.
Mis abuelos maternos me invitaron de vacaciones a Papudo con ellos, más tarde entendí que aparte de querer compartir tiempo conmigo, ellos quería que mi madre no tuviera que preocuparse por mi mientras aquella criaturita se nos venía al mundo, esas vacaciones están difusas en mi cabeza, recuerdo la niebla y el agua helada del océano, recuerdo que mi abuela me peinaba con mucho amor, recuerdo quizás unas rocas, unas cabañas pintadas de celeste con vista al mar (no puedo decir si eso es mi imaginación o realmente eran así) recuerdo por supuesto a mi abuelo sabio y profundo como está en todos mis recuerdos, pero no tengo la memoria para traer al presente alguna situación, no recuerdo alguna pelea, ninguna risa, esas vacaciones están cubiertas por una niebla, tal vez era el presentimiento de mi alma de que a la vuelta de aquel verano mi vida cambiaría completamente.
El día que llegamos a mi casa, mi mamá tenía en la cara la marca del agotamiento que dar a luz te deja, y la tristeza que una depresión post parto imprime en tu alma, y ahí estaba, pequeña y colorada entre unas mantas, la Montserrat... no sé cual fue mi cara al ver a aquel ser que venía a arrebatarme todo lo que yo más quería, que venía a quitarme el protagonismo que hasta ahora tenía en la vida de mis padres, sin embargo mi reacción no fue la mejor mi mamá mirándome sonriente me dice "mira Natty, tu hermanita" y yo (con la cara que no recuerdo pero aseguro no debe haber sido buena) le digo "que linda, ¿puedo ir a jugar?", no fue el mejor comienzo, pero más adelante todo cambió.
Esa criatura pequeñita, que nació de ocho meses cuando yo tenía seis años, poco a poco me arrebató el alma, cuando mis abuelitos venían de visita, como ambos tatas fumaban yo pegaba letreros por toda la casa para que no fumarán dentro, porque ahí había un bebe precioso que debía proteger, cuando comenzó a hablar esa niñita linda de ojitos tristes me llamó "Mitalia" y creo que nunca me han dicho de una forma más hermosa que aquella que inventó mi hermanita, mi muñequita, mi pajarito...
Jugábamos a las barbies, aún cuando yo siempre le sacaba la cabeza (a decir verdad, nunca me gustaron mucho las barbies), escuchábamos música, leíamos, compartíamos la habitación de un departamento en Ñuñoa, y entre risas y peleas, aprendió a caminar y a andar en bicicleta. Con la imaginación que la caracteriza bautizó el patio por el cual salía del colegio como "el patio de chao" (aunque se llamaba "el patio techado") ya que era allí donde se despedía de sus compañeros y profesora, y me hizo reír y me ha hecho reír tanto en mi vida.
Y empezó a crecer fuerte y sana, y se nos hizo claro que ella sería tan distinta de mí, siempre tan inteligente y con la capacidad de decir todo lo que yo con la sumisión que me caracteriza siempre he callado, esa niña que parecía frágil vino a mostrarse como el ser humano más fuerte que conozco, y yo deje de lado los recelos y la amé (aunque cuando ella lo lea me dirá que soy una llorona irremediable) y siempre la he amado, por ser uno de los seres más especiales que conozco, una persona completamente ajena a los cuadros de lo impuesto.
Creció esa niña, y se convirtió en una mujer, en una mujer fuerte, inteligente, honesta, una mujer que le hace frente a la vida, se convirtió en mi amiga (y pensar que con tanto recelo la miré cuando la conocí), y me llenó la vida de risas y de películas, de música y de color.